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  Abril 09 de 2007

Teatros de Bucaramanga: Se baja el telón y hablan los recuerdos
Fachada del antiguo teatro Santander en la carrera 19 entre calles 32 y 33 frente al parque Centenario.
/ARCHIVO FOTOGRÁFICO DE SANTANDER
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Teatros de Bucaramanga: Se baja el telón y hablan los recuerdos

Los teatros del centro de la Bucaramanga ya no existen. Con ellos también se fue la ciudad en la que la multitud bumanguesa se reunía para disfrutar de espectáculos artísticos y culturales que hoy rememoran la historia contada en fotos a blanco y negro.

Por Diana León
dleon2@unab.edu.co
Hace más de 50 años Bucaramanga era un pueblo que empezaba a moldearse como centro urbano. Llegaban los primeros carros provenientes de Europa, las calles no estaban pavimentadas, había casas grandes de estilo republicano. Así se empezaba a perfilar la urbe que encontraba en los espacios públicos como parques, plazas y teatros, sitios de espectáculo en los que la sociedad se reunía para el descanso.

Hoy, es la quinta ciudad más importante de Colombia, sus espacios públicos se han estrechado para dar paso a negocios lucrativos en los que se reservan el derecho de admisión como propiedad privada. Precisamente, esta es la historia de los teatros de la ciudad. Los más viejos la relatan en nostálgicos recuerdos que no existen para las nuevas generaciones, pues el acelerado desarrollo de la ciudad escribe un nuevo capítulo: las salas de cine.

Desde el centro se empezó a desarrollar la ciudad, y fue allí donde se construyeron los grandes teatros, que en su tiempo, representaban la única entretención porque era impensable la llegada de la televisión y apenas se escuchaban las primeras voces de la radio.

De ellos, sólo quedan nombres como el Teatro Garnica y el Colombia o fachadas como las del Unión, Santander y Analucía, además de algunos que se mantienen, a pesar de todo, como el Rosedal, el Riviera o el mismo Coliseo Peralta, restaurado hace poco.

Empieza la función
El Coliseo Peralta fue el primer centro cultural y de espectáculos en el que disfrutaron los bumangueses. Lo construyeron en 1853 y actualmente es Monumento Nacional, razón por la cual, el Municipio de la mano con el Club Kiwanis de Bucaramanga se encarga de su cuidado.

El teatro más antiguo de la ciudad era el Teatro Variedades de la Avenida Camacho, hoy carrera 19. Empezó a funcionar a mediados de 1914, su propietario fue Víctor M. Alarcón. Lo podían ocupar tres mil espectadores e incluía parque, jardín, salones de descanso y un salón de patinaje.

Más adelante se construyeron el Teatro Rosedal y el Garnica. Este último fue inaugurado por la familia Garnica el 6 de agosto de 1923. El primer espectáculo que vieron los bumangueses allí fue la corrida de toros en la que participó el matador venezolano Cruz Duque. En otras épocas también se presentaron famosos toreros españoles como “Pastrana” y “El Gallo”. Después de aprovecharse como plaza de toros, se convirtió en cuadrilátero o ring de boxeo, luego en teatro y sala de cine.

Cuando era teatro, la ciudad era privilegiada porque los cantantes que viajaban de Venezuela a Bogotá primero pasaban por Bucaramanga.

El Teatro Rosedal es recordado por la programación de sus funciones, clasificadas en: Matinal, Matinée, Vespertina y noche. En el Matinée y la vespertina se podía entrar con una sola boleta para ver dos películas seguidas, desde las 4 de la tarde hasta las 8 de la noche. Hoy el Rosedal es el teatro de cine X, es decir, películas “para adultos”.

El Teatro Santander fue inaugurado en 1932 con la presentación de Álvaro Dalmar, un cantante colombiano de la época. Antiguamente en la ciudad se coronaban los personajes más importantes, al estilo romano, allí coronaron al poeta colombiano Aurelio Martínez Mutis y murió el cantante José María Carvajal interpretando una de sus composiciones.

Era el típico teatro de ópera: balcones, galerías y camerinos.

Después, el teatro pasó a manos de Cine Colombia y dividieron su interior para construir tres salas de cine, cinema 1 y 2, y el Cid. Ahora está en manos de la Universidad de los Andes que lo recibió como donación.

Desde 2001 este centro cultural dejó de funcionar y se convirtió en el “elefante gris” del parque Centenario. Ventanas rotas, pintura desgastada y un desagradable olor que lo rodea, con una fachada que sostiene un aviso grande: “se subasta”.

Las propuestas se disputan desde los $725 millones. Actualmente hay una propuesta liderada por el cuentero y concejal Francisco Centeno para que el Municipio compre el Teatro y lo restaure como centro cultural.
 

El Unión: cine porno para sobrevivir
Muchos ciudadanos recuerdan el Teatro Unión como el “teatro porno del centro”, pero no siempre se caracterizó por el cine rojo. Ésta fue una condición que tuvieron que asumir sus propietarios para que fuera rentable. Aún así, durante los últimos años, a pesar del esfuerzo de su administrador, Hernando Díaz Silva, sólo generaba pérdidas porque no entraban más de 20 personas al día.

Díaz Silva trabajó en varios empleos que generaban los teatros. “Fui operario, administrador y luego gerente”.  Díaz Silva es hijo de Saúl Díaz, el más reconocido empresario de cine de la ciudad.

Todos los que estuvieron metidos en este negocio y viven para contar la historia mencionan obligatoriamente su nombre, pues era quien manejaba este monopolio en la ciudad. Gracias a ello, Díaz Silva dedicó la mayor parte de su vida a comercializar cine, además de ser gerente del Circuito Unión Ltda., que agrupaba los teatros Analucía, Unión, El Libertador, Garnica, ya desaparecidos y el Rosedal que aún sigue funcionando.
 
El Teatro Unión fue inaugurado en 1952. Para su época fue el más moderno de la ciudad porque trajo el cinemascope, una pantalla ancha con sonido estereofónico. Tenía capacidad para 1.400 personas y en su escenario se presentaron zarzuelas españolas y cantantes como Felipe Pirela (que interpretaba boleros). También hubo presentaciones de  bailarinas de ballet y artistas  mexicanos.

Este teatro se especializó en películas mexicanas y bíblicas  como Ben-Hur y El manto sagrado. La gente prefería que las películas fueran subtituladas porque los doblajes no tenían buena calidad. Sin embargo, el 60% del pueblo era analfabeto, por lo que veían solo películas en español o dobladas.

Por la construcción de teatros más modernos como los de Cabecera, el Unión empezó a decaer y llegó a ser un teatro de segunda. Aunque en los años gloriosos del Unión, Díaz  Silva recuerda que “una vez exhibimos una película que se llamaba Los diez mandamientos, la pusimos en Semana Santa, en un solo teatro. El éxito fue total, la gente tumbó las puertas y me tocó llamar ejército para que contuviera al público”.

Por el Unión también pasó la famosa actriz y cantante argentina, Libertad Lamarque,  quien dedicó su vida al cine mexicano. Ese día, la casa que quedaba a espaldas del teatro sirvió de entrada para la actriz porque “el tumulto era impresionante”, agrega.

Este economista y empresario de cine sostiene que, “en ese tiempo cualquiera podía ir a cine porque era muy barato, costaba 50 centavos, e  incluso alcanzó a estar a 20. Hoy en día es cara la entrada. Antes la plata valía y el dólar estaba casi a la par con el peso. La gente de todos los estratos sociales iba a cine, porque no había otra diversión más que ésa o ir a bailar”.

Teatros de primera y de segunda
Como cualquier lugar público, los teatros eran sitios de exhibición. A los de primera categoría asistían las familias los domingos, la gente utilizaba el mejor atuendo para ir al teatro. Los de segunda categoría eran frecuentados por personas humildes y se programaban espectáculos sólo para hombres, como en el Colombia “frecuentado por muchos gamines”, como recuerda Edmundo Gavassa, fotógrafo y miembro de la
Academia de Historia de Santander.

Los teatros del lujo eran El Unión, Rosedal y Santander. Los de segunda eran El Libertador, Colombia, y Garnica. A este último, afirma Gavassa, “lo tumbó la misma gente”. Tenía tres pisos y los muchachos de arriba “tiraban botellas, latas y hasta se orinaban”.

En el teatro El Libertador, que quedaba entre la calle 24 y 28 con carrera 15 se presentó por primera vez el espectáculo de un desnudo o strip tease. Gavassa, que contaba con 17 años, estaba en medio de la multitud de hombres que se subieron enloquecidos al escenario al ver por primera vez en público a una mujer que tan sólo tenía unas “coquitas en los senos y unos calzoncitos”, era la famosa Tongolele, que ese día no se pudo presentar por el exceso de emociones masculinas.

Para abrir la calle 37 tuvieron que tumbar el Teatro Real, que estaba ubicado  en  la carrera 14 entre calles 36 y 37, que casi nadie lo recuerda. El Real, también fue alquilado en un tiempo para el cine porno, pero como era manejado por  la Sociedad de Mejoras Públicas, la gente protestó porque era poco moral que la Sociedad permitiera eso, cuenta.

Últimas funciones
A todo el que uno le pregunte si trabajó en los teatros, llega a la misma conclusión, “la llegada del betamax acabó con los teatros”, como lo afirma Ramón Flores Romero, quien empezó a trabajar desde los 15 años en el teatro Colombia y en el Santander como acarreador. Él transportaba las películas de un cine para otro en una carretilla.

Como muchos, también empezó a escalar laboralmente y luego trabajó como maquinista durante 10 años, situación que reclama, porque las luces de los proyectores “por poco y me dejan ciego”.

Con orgullo afirma que él inauguró el cine Riviera con la película Vuelo 502, el 27 de marzo de 1973. El propietario del inmueble fue Alfonso Bernal, quien ya falleció. Luego siguió trabajando en el Teatro Royal, que anteriormente era el Teatro Analucía. Hoy trabaja en un parqueadero de la 34 con 26. Al lado está ubicada La Oración Fuerte del Espíritu Santo. “Como se acabó el teatro, yo me quedé con el parqueadero.

Quiero saber quién se va a disputar la subasta del Santander, porque el olor a orines es terrible y en el Centenario lo roban a uno enfrente de los policías”.

 


 

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