En Contexto

La vida cultural sí existe

Por Camila Botero Santos

Directora UNAB Cultural

unabcultural@unab.edu.co

Durante años, quienes hacemos parte de este sector hemos esperado que las decisiones públicas nos incluyan, reconozcan nuestras realidades y respondan a las necesidades de nuestros procesos. Sin embargo, también entendimos algo importante: las políticas culturales no se escriben solas. Se construyen, debaten, acuerdan y sostienen con o sin la participación de quienes habitamos este sector. Y cuando dejamos vacíos los escenarios de incidencia, inevitablemente otras voces terminan definiendo el rumbo y condicionando la pertinencia de las acciones en la vida de las personas y en la sociedad.

Esa reflexión ha tomado cada vez más fuerza para quienes integramos este campo, incluida la academia. Hablar de política cultural no es únicamente de documentos técnicos o de normas institucionales, es sobre las condiciones reales que permiten que artistas, gestores, colectivos, bibliotecas, festivales, teatros, museos, librerías, organizaciones, otros espacios y proyectos puedan existir y sostenerse en el tiempo.

Desde la UNAB comprendemos que el papel de la universidad no se limita solo a formar profesionales en las artes. Asumimos el compromiso de aportar a la construcción de mejores condiciones para la dignificación de la gestión y al fortalecimiento de las acciones que garanticen los derechos culturales en Santander. Por eso, desde distintos espacios, se ha participado en discusiones orientadas a la consolidación de la institucionalidad regional.

Asumimos, además, una responsabilidad importante como representantes de las universidades ante el Consejo Departamental de Cultura de Santander, un espacio desde el cual esperamos realizar una labor responsable y comprometida con las demandas reales del sector en el departamento, entendiendo que la participación no puede convertirse en un ejercicio simbólico, sino en una oportunidad para forjar la interlocución entre artistas, sociedad, academia y entidades públicas.

En ese camino, uno de los temas impulsados ha sido el mejoramiento de los programas de fomento cultural en los cuatro municipios del área metropolitana. Lideramos la invitación a las administraciones municipales para avanzar en la formulación y mejoramiento de programas permanentes de incentivos que permitan garantizar la adjudicación de recursos públicos para las artes, las culturas y el patrimonio, a través de mecanismos de estímulos, concertación y circulación.

La discusión sobre las convocatorias públicas no es un asunto menor en un territorio que, durante 2025, destinó más de $38.000 millones de pesos a la cultura y donde, aun así, gran parte de la ciudadanía no percibe una propuesta sólida, mientras el sector continúa enfrentando enormes dificultades para desarrollar modelos sostenibles que garanticen condiciones dignas para ejercer su labor. Hablar de recursos para la cultura es dialogar sobre acceso y sostenibilidad para cientos de procesos que sostienen esta dinámica en los territorios. Es hacerlo sobre transparencia, reglas claras y opciones reales de diseñar políticas que no dependan solo de la voluntad temporal de una administración.

Esto implica superar la visión reducida de la inversión entendida solo como la contratación de actividades para eventos y avanzar hacia modelos de fomento que reconozcan, consoliden y acompañen los procesos que existen y permanecen de manera constante en las comunidades.

Este trabajo no puede recaer solo en órganos públicos o en las universidades. El sector debe asumir un papel activo en la construcción de las iniciativas que orientan su presente y su futuro. Comprender cómo funciona el Sistema Nacional de Cultura, hacer presencia en los consejos de cultura, conocer los instrumentos de política pública y hacer seguimiento a los presupuestos son hoy herramientas fundamentales para quienes trabajan en la gestión del sector. La incidencia requiere continuidad, capacidad de diálogo y comprensión de los mecanismos que lo organizan, porque las políticas culturales se construyen, además, a partir de conversaciones, diagnósticos y apuestas colectivas que nacen desde los territorios.

La cultura necesita espacios para la creación, así como espacios de discusión pública. Necesita artistas, gestores y organizaciones que comprendan que el impacto sobre presupuestos, programas e instrumentos de fomento determinan las posibilidades reales de creación, circulación y sostenibilidad en los territorios.

Sueño con el día en que el sector no solo se beneficie con convocatorias, sino que se convierta en una voz activa en las decisiones estructurales que orientan las políticas en este ámbito. Aspiro a que, como ciudadanía, logremos reconocer nuestra propia riqueza y dejar atrás esa frase tan instalada de que “en Bucaramanga no hay nada para hacer”. La vida cultural sí existe: habita en los barrios, en los escenarios independientes, en los procesos comunitarios y en todas las personas que, incluso en medio de las dificultades, insisten cada día en crear y sostener las tradiciones.