Verónica Chajín Ortiz lleva una vida a dos voces: una como ingeniera y otra como artista. Dos mundos que a simple vista parecen opuestos pero que, para ella, nacen de la misma semilla: la pasión.
Chajín es profesora, y a la vez, directora del programa de Ingeniería de Sistemas. En su otra faceta es corista y representante legal de la Corporación Artística Gustavo Goméz Ardila. Su historia demuestra que la ciencia y el arte no se contradicen, por el contrario, pueden complementarse para construir una vida significativa y feliz.
“Yo soy una persona muy apasionada, especialmente por el canto. Uno con el canto puede transmitir lo que es”, afirma. Para ella, la música representa una forma diferente de comprender la vida: con alegría, cercanía y una disposición a compartir con otros. “Soy una persona a la que le gusta sonreír mucho y hacer muchos amigos, la música me ha permitido esto”, dice Verónica.

Oriunda de El Banco, Magdalena, su historia está intrínsecamente ligada al arte, que allí es identidad, tradición y música. Creció rodeada de cumbias y poetas; el talento familiar se remonta décadas atrás, destacando a su abuela, ganadora del Concurso Nacional de Bailadores de Cumbia. Su hogar fue un ambiente de cuentos, poemas y canciones. «Crecí en un pueblo donde el folclor es algo que se lleva en la sangre», recuerda.
De ese universo surgieron sus primeras composiciones musicales. Al ser parte del coro de música tradicional de la costa atlántica colombiana, decidió que esto sería parte de su vida.
Su vocación: la ingeniería
Aunque el arte era su pasión, tenía muy claro que su vocación estaba en otro lugar: las matemáticas.
Logró entrar a Ingeniería Civil en la Universidad Industrial de Santander (UIS), luego se cambió a Sistemas, una carrera que despertó una pasión por el pensamiento lógico y la resolución de problemas.
Verónica logró ser deportista de alto rendimiento en la selección de Baloncesto de la UIS, pero una lesión le dio un giro a su vida por cuenta de ello conoció el coro de la universidad dirigido por el maestro Gustavo Gómez Ardila, parte fundamental en su vida. “Los vi interpretando obras con un carácter que me ponía los pelos de punta, y yo empecé a soñar con estar en el coro”, recuerda.
Al ingresar al grupo, soñó con ser compositora, pianista y cantante profesional. Dejó la ingeniería por un semestre para dedicarse a la música. Sin embargo, descubrió que la ingeniería era esencial para su identidad. Decidió no renunciar a sus pasiones: «paré un semestre, dejé la ingeniería y me dediqué a la música, pero me hizo mucha falta mi vocación. Eso me impulsó a tener ese camino alterno a toda la cotidianidad que me da ser ingeniera de sistemas».
Desde entonces decidió que lo mejor que podía hacer era mantener sus dos vocaciones unidas y construir un puente entre ellas. Era un proceso desafiante poder cumplir con todas sus responsabilidades pero esto le enseñó orden y disciplina. “Lo fundamental es ir encontrando cómo dentro de la vocación hay espacio para la pasión”, comenta.
Su paso por el coro le reveló su vocación docente. «Siempre tuve claro que mi vocación era enseñar. En el coro, yo digitalizaba y editaba rápidamente las partituras con software, y con esas ediciones les enseñaba a las demás de mi cuerda cómo interpretar las obras, entre otras cosas».


Un legado que continúa
Verónica siguió a Gustavo Gómez Ardila, director del coro UIS y su mentor, cuando este se retiró para fundar su propio coro, destacándose por su liderazgo. Tras la muerte del maestro, en 2007, los integrantes crearon la Corporación Artística Gustavo Gómez Ardila, de la cual Verónica se convirtió en representante legal. Ha liderado proyectos educativos en gestión y liderazgo, enfocándose en la obtención de financiación. Para ella, estar al frente de la corporación no es una carga, sino una pasión, “no lo siento como trabajo porque estar en la corporación es algo que me gusta y me apasiona”.
El arte que abre puertas

Obtuvo su primer empleo formal como profesora de ingeniería gracias a la Sinfónica de la UNAB, donde conoció a quien le ofreció el cargo. Por ello, anima a la comunidad UNAB a arriesgarse con sus talentos paralelos, ya que a menudo abren puertas a mundos inimaginables. «Hay que arriesgarse, luchar por ese sueño paralelo. Eso nos libera de los problemas y nos saca de la cotidianidad”.
Después de dos décadas de combinar la ingeniería con la música, Verónica tiene claro que las pasiones paralelas no son distracciones sino oportunidades de crecimiento. Hoy también agradece que el canto le haya regalado su familia: tiene dos hijos y lleva 25 años casada en el coro conoció a su esposo y comparten la misma pasión por el canto.






