Vidas afectadas por minas antipersona

Jul 1, 2006 | Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes

Por Everton Cardoso
cardoso.everton@hotmail.com

Margot era empleada doméstica en la casa de una familia vecina que vive en el corregimiento de El Fortul de Saravena, departamento de Arauca. El 12 de abril de este año, como todos los días, estaba en su trabajo y limpiaba la casa. A eso de las siete de la noche escuchó una explosión.

"¡Un herido, un herido!", gritó alguien afuera. Margot jamás hubiera imaginado quien podría ser. Salió en dirección al lugar donde la gente se reunía para ver qué pasaba.

"Es Óscar", le dijo un niño que corría por la calle. Al escuchar el nombre de su pareja, Margot salió desesperada. Casi por instinto, la empleada doméstica se tiró sobre su compañero, que estaba al borde de la calle, y lloró.

Las circunstancias del accidente son, sin embargo, lo más difícil de creer. La explosión ocurrió dentro de la residencia de Óscar y Margot. Era una casa grande que estuvo abandonada por bastante tiempo antes de que ellos decidieran mudarse, sólo servía de descanso para los militares.

Viviendo juntos desde hace 3 años, el agricultor y su pareja se mudaron a la casa con sus cinco hijos un mes antes del accidente. Ya habían estado por todas las habitaciones, los niños ya habían jugado en todos lados y nunca habían encontrado nada semejante a una mina.

Cuando sufrió el accidente, Óscar estaba tratando de poner un bombillo en una de las piezas de la casa y le ayudaba un amigo. Había una canasta de cerveza volcado junto a unas tablas, donde los soldados solían sentarse para descansar, a pesar de que la familia ya vivía allí.

El agricultor apoyó el pie sobre el canasta, pero no logró cambiar el bombillo. La explosión de la mina interrumpió su tarea.

Luego Óscar se arrastró. El amigo que le auxiliaba también estaba herido y desorientado por la explosión. Óscar se dio cuenta de que tenía la pierna totalmente destrozada debajo de su rodilla. El amigo, ya menos aturdido, lo alzó en sus brazos y lo llevó a la calle.

Llamaron a una ambulancia. "Tarda mucho", gritó el herido. Entonces lo pusieron en un carro y lo llevaron. "Amarren mi pierna y mi brazo", mandó con sabiduría. Aunque la orden de Óscar haya ayudado a detener la hemorragia, perdió bastante sangre y llegó casi sin conciencia al hospital de Saravena.

Se afecta la vida familiar

Era más de media noche cuando el médico le dijo a la familia que deberían amputarle la pierna a Óscar. Su esposa y su padre decidieron esperar a que el herido estuviera consciente para decidirlo. Al otro día, el médico le repitió la pregunta al campesino.

Antes de responder, él miró su pierna y la vio blanca. Decidido, entró a la cirugía y poco tiempo después ya no la tenía.

Óscar Izquierdo Bermúdez, 35 años, es uno de los sobrevivientes de las minas antipersona. Es el padre de Óscar Javier, de 14 años, y Berta Liliana, de 13 años, y vive con Margot Prieto Cárdenas, que ya tenía tres hijos: Mauricio, Geraldine y Andrés (11, 8 y 5 años). "Vivimos como una única familia, considero a todos como si fueran mis propios hijos", cuenta Óscar.

Por su situación, además de perder una pierna, se vio obligado a repartir a su familia. Desde que sufrió el accidente, los hijos tuvieron que irse temporalmente a casas de parientes. Sólo se quedó en Fortul su hijo mayor, Óscar Javier, cuidando el trabajo del padre: plantaciones de plátano, yuca y maíz, que son compartidas con el patrón. Así son las minas antipersona: no sólo hieren el cuerpo, separan familias y destrozan vidas.

Óscar, sabe que le tocará una rutina de terapias, un tratamiento médico y un largo periodo lejos de su casa y de sus hijos e hijastros. Sin embargo, no guarda rencor y habla del futuro: "una vida un poco diferente, pero llena de esperanza". Sobre las minas, no le desea eso ni a su peor enemigo.

El ejército encontró siete minas más dentro de la casa de Óscar el día siguiente al accidente. Nadie sabe como fueron sembradas, pues la familia ya llevaba un mes viviendo allí.

Ni siquiera vio la mina

Otra vida afectada fue la de Luis Alfonso Cácua Guerrero, un hombre dedicado a la ganadería en una finca en San Pablo, Bolívar. Fue obligado a abandonar su hogar y su trabajo para venir a Bucaramanga a cuidarse las heridas causadas por una mina. Aquí, está en la casa de un hermano, con su cuñada y su sobrina. Allá, vivía con otro hermano, Griseldino, y un sobrino, Emilio, de 18 años.

El pasado 7 de enero, Luis Alfonso salió de su casa con su hermano para ver un toro que quería pelearse con el de un vecino. Después de una caminata de media hora hasta el lugar donde estaba el animal, los dos hermanos lo llevaban de regreso a casa. Pero Alfonso jamás pensó que estaba por dar el paso más trágico de su vida. La mina estaba enterrada y él ni siquiera se dio cuenta de que había pisado algo. El bombazo le anunció el accidente.

Griseldino lo llevó a casa en hombros y, por el dolor que sentía, Luis Alfonso sabía que estaba herido, pero sólo tuvo conciencia de la gravedad cuando se quitó la bota izquierda. Tenía el pie destrozado. El camino al hospital no fue muy fácil porque la finca donde vive está a cinco horas a pie del pueblo.

Después de 20 días en el Hospital Universitario de Santander, en Bucaramanga, Luis Alfonso ya empieza a retomar su vida con el apoyo de su cuñada Yasmín.

Con la ayuda de la Campaña Colombiana contra Minas, ella ya lo matriculó en dos cursos técnicos en el SENA, uno de computación y otro de cooperativismo.

Además, Luis hace tratamiento fisioterapéutico en el Hogar Jesús de Nazareth, por el que no paga nada, y se distrae viendo la televisión (le gustan los documentales).

Luis Alfonso tambíen está haciendo planes. El campesino tiene que esperar por su prótesis, pero piensa que deberá comprar unos pantalones largos para cuando la tenga. Además, tiene la idea fija de volver a su casa, de retomar su trabajo.

Sobrevive por el coraje

Juan Raúl Bedoya Rúas, 36 años, y su mujer Damaris también saben lo difícil que es estar lejos de casa. Volvieron a su finca en San Juan de Bolívar, el pasado14 de mayo, después de casi cuatro meses de vivir en el Hogar Jesús de Nazareth.

Juan pisó una mina el 17 de enero y tuvo más coraje que cualquiera de los que le ayudaron. Después de la explosión, miró su pie y vio que ya no estaba, ni siquiera el tobillo le quedó.

La búsqueda por un hospital no fue fácil. A la carretera lo llevaron en un chinchorro. Después, él y su esposa fueron a Puerto Nuevo, donde Juan recibió los primeros auxilios y tomó la lancha para el viaje de más de una hora a Puerto Wilches.

De ahí fueron a Barrancabermeja y sólo entonces viajaron a Bucaramanga donde Juan fue internado en el hospital. Realizó terapias y vivió en el Hogar Jesús de Nazareth por cuatro meses. Ahora están de vuelta a su finca, tratando de retomar sus vidas. Juan Raúl y Damaris son ejemplo de que las minas sí destrozan vidas, pero es posible retomarla.

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