Abogado de la UNAB, fiscal e instructor de jueces en Iraq

Ago 6, 2007 | Institucional

Por Pastor Virviescas Gómez

Por algo su nombre se escribe con la V de valiente. No de otra manera se explica que Virgilio Alfonso Hernández Castellanos, abogado egresado de la UNAB hace 17 años, haya tenido entre sus manos la investigación de casos como las masacres de Mapiripán (Meta) y el Catatumbo (Norte de Santander), los crímenes de la banda La Terraza (Medellín) y el magnicidio de Álvaro Gómez Hurtado, pasando por los escándalos de Cajanal, Telecartagena, Foncolpuertos, TermoRío y la Cámara de Representantes.
Su cabeza estaba entre los blancos a batir por parte del comandante paramilitar Carlos Castaño Gil, y por culpa de las presiones y amenazas debió salir del país en más de una ocasión para resguardar tanto su vida como la de su familia.
Su padre, el funcionario judicial Virgilio Hernández Serrano, fue una de las 12 víctimas de la masacre de La Rochela, cometida por paramilitares con el beneplácito de narcotraficantes, altos mandos militares y dirigentes políticos en el Bajo Simacota (Santander) el 18 de enero de 1989, caso por el cual la Corte Interamericana de Derechos Humanos acaba de promulgar una sentencia en la que determina la responsabilidad del Estado colombiano. (Ver Periódico 15, edición 116 de julio).
¿Ese hecho, unido a mis convicciones, me llevaron al firme propósito de no ser un simple abogado más o de llegar a ser un buen fiscal, sino hacer algo más por este país que ya desde esa época era carcomido por las balas asesinas de paramilitares, narcotraficantes, secuestradores y guerrilleros¿, recuerda, al tiempo que con serenidad manifiesta que lo que ha hecho es mitigar el riesgo de una profesión que se sabe es peligrosa.
Por su experiencia y hoja de vida pulcra, Hernández Castellanos fue escogido por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, las Naciones Unidas y el Banco Mundial como asesor de los jueces iraquíes que juzgaron al dictador Saddam Hussein y todos sus lugartenientes implicados en múltiples crímenes, entre los que se cuente el exterminio de la población kurda con armas químicas. En cumplimiento de esa misión debió viajar a Amman (Jordania) donde compartió sus luces sobre esquemas de seguridad, apoyo logístico, recaudo de pruebas y derecho penal.
Hernández Castellanos, con estudios de posgrado en Derecho Penal, de Familia, Constitucional y Delitos contra la Administración Pública, ha perseguido por igual a guerrilleros de las Farc y el ELN, paramilitares y narcotraficantes ¿como si no fueran lo mismo¿, políticos y funcionarios corruptos, así como policías y militares que han traicionado su juramento de servirle a la Patria.
Su extensa carrera profesional la inició al poco tiempo de graduarse en 1989 al ser nombrado como juez en los pueblos de Jesús María y Páramo (Santander), luego pasó a la Fiscalía Regional de Cúcuta y de allí ¿con el respaldo del fiscal Alfonso Valdivieso Sarmiento¿ a la Fiscalía General de la Nación, dependencia de la que llegó a ser director de la Unidad de Derechos Humanos, cargo en el que recibió llamadas de quienes se mostraban dispuestos ¿a borrar del mapa todo su árbol genealógico¿ y descalificaciones de periodistas como Plinio Apuleyo Mendoza, que a su vez defendía la ¿inocencia¿ de alcaldes vinculados al paramilitarismo.
Para salvarle la vida, el fiscal Alfonso Gómez Méndez lo promovió a dirigir la Unidad Anticorrupción, hasta que en 2001 se dio el cambio de jefe y no soportó las discrepancias con Luis Camilo Osorio, fiscal general señalado años más tarde de engavetar tantos expedientes que apenas se están destapando.
Con posterioridad viajó a Washington y asesoró los sistemas de justicia y la puesta en práctica del nuevo sistema penal en Honduras, Perú, Bolivia, Ecuador y Guatemala, entre otros países. La Asociación de Egresados de la UNAB, Aseunab, lo distinguió en su momento como el Mejor Egresado de la Facultad de Derecho.
Vivir la UNAB dialogó con este veleño de 41 años, que por donde va dice con orgullo que se forjó en la UNAB y que asegura no estudió Derecho para enriquecerse. Hoy en día es profesor de posgrados en esta Institución y un apasionado del Derecho Internacional Humanitario, materia en la que el conflicto armado interno colombiano no deja de proporcionarle casos para su análisis.
Esta es la historia ¿de un abogado de la UNAB que no le ha huido a los retos que se me han presentado, porque siempre he estado para ofrecerle a la sociedad lo que mi padre me enseñó, merced también al empeño de mis profesores que me formaron para ser un líder¿, dice Hernández Castellanos.

¿Qué ha significado para su vida personal y profesional haber estudiado en la UNAB?
Las bases que recibí de la UNAB me permitieron asumir retos en la vida profesional, asumir posiciones y defenderlas, me dieron carácter como un abogado con una tendencia bien definida. También he podido explorar otros campos del Derecho en otros países del mundo y nunca me he sentido inferior alternando con abogados de América Latina, Europa o de Asia. Esas bases de la UNAB fueron muy fuertes y las he visto en mi desarrollo profesional.

¿Cuáles son los rasgos que lo diferencian de los miles de abogados que hay en el país?
En la UNAB no se aprenden los códigos sino a interpretar la ley. Los sistemas de interpretación de la ley que se aprenden en la UNAB le permiten a uno explorar más allá del simple contenido literal de una norma y escudriñar cuál fue la voluntad que tuvo el legislador y de ahí poder tener una orientación mucho más clara, sistemática y sociológica del Derecho y no simplemente limitado al tenor literal de la norma.

¿Qué debe ser un abogado en un país de tantas tentaciones y dinero fácil como el nuestro? ¿Cuáles son los fundamentos que debe conservar un abogado que se considere probo?
Uno no debe estudiar Derecho para hacer plata. Todas las profesiones las permean los dineros mal habidos y muchos estudian Derecho u otras profesiones para enriquecerse. Uno debe estudiar para cumplir un fin social y desempeñarse en determinado campo, sobre todo en este país en el que hay tanto espacio para los abogados tanto en la rama ejecutiva, en la legislativa y en la judicial ni se diga. El Derecho es cambiante y cada vez hay más retos. Hace 17 años había una nueva Constitución y unos nuevos órganos que requerían abogados bien preparados y se siguen presentando esos retos que pueden ser asumidos por abogados probos.

¿Para un abogado es suficiente con recibir su título profesional y recitar los códigos al derecho y al revés o debe, como los médicos, estar preparándose todos los días?
Un abogado que no se actualice es alguien que deja de serlo. Los abogados no son abogados el día del grado. Todos los días se van construyendo esas bases y el Derecho no sólo cambia en Colombia, sino en todo el mundo, porque la globalización también afectó el Derecho. Sin perjuicio de las bases que se tengan, hay que estar a la vanguardia de los nuevos avances y escuelas de interpretación, así como de los cambios que tienen algunas áreas del Derecho como el Penal.

Cuándo usted está en Tegucigalpa o Ayacucho y le preguntan qué es la UNAB, ¿qué responde?

Generalmente con los países centroamericanos, sin pecar de arrogante, uno mismo puede darse cuenta de la diferencia en la formación. En una discusión jurídica sobre determinado tema es posible ver la diferencia en la formación entre los abogados de Centroamérica, incluso de algunos de Suramérica, con los abogados colombianos. Uno mismo la ha sentido y ellos ven que la nuestra es mucho más avanzada e integral desde el enfoque mismo que se le da a determinada norma.

¿Por qué razón usted optó por la UNAB y no por otras instituciones capitalinas que puedan hacer mayor alarde?
El punto no está en que los profesores escriban libros o que aparezcan en los periódicos y revistas; la clave está en que la universidad tenga una orientación clara sobre el enfoque que le va a dar a sus estudiantes. El Derecho es una profesión crítica, que de hecho genera líderes de cambio, y es la universidad la que lleva ese enfoque, no el hecho de que tal universidad gaste millonadas en publicidad o que en la otra las matrículas valgan cuatro o cinco veces más. Insisto, si tuviera que estudiar Derecho regresaría, con mucho orgullo, a estas aulas de la UNAB.

¿Para qué vale la pena ir a una universidad a estudiar?
Porque es necesario poder adquirir el conocimiento adecuado, integral, para poder asumir posturas evaluativas y críticas, para poder dar soluciones. No con la simple lectura de los libros se adquiere esa firmeza del conocimiento.
Esa estructura del estudiante y del profesional desde el punto de vista del conocimiento, pero también de la crítica, sólo se adquiere en una formación universitaria como la que da la UNAB.

¿Qué es lo que más echa de menos de sus épocas de estudiante en la UNAB?
Muchas cosas. Pienso en las clases de Análisis Jurisprudencial, porque era muy interesante poder debatir una jurisprudencia, sacar el problema jurídico, las dos posiciones. Siempre he reconocido y lo veo en mi trabajo, que el análisis jurisprudencial que aprendí en la UNAB no lo hubiera aprendido en otra universidad. Añoro mucho eso porque de hecho permanentemente la jurisprudencia está cambiando la orientación jurídica de este país. Ese análisis que aprendí en la UNAB es el que me ha permitido cada vez más poder reconocer claramente la jurisprudencia en Colombia.

¿Cómo fue su impresión al dejar hace 17 años una universidad pequeña y hoy encontrarse con este ¿monstruo¿?
Grandísima, porque uno no está preparado para ver una universidad que en mi época de estudiante tenía seis Facultades y hoy tiene tres veces más, así como unas instalaciones absolutamente modernas. Es una impresión buena en la medida en que la UNAB no se ha quedado estática ni corta a los desafíos, incluso a nivel internacional porque he tenido conocimiento de su participación en foros internacionales, incluyendo a Estados Unidos. Es gratificante ver tantos avances.

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