El anuncio versificado

Dic 15, 2005 | Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes

Vicente Arenas Mantilla
1912 – 1992
Obras recomendadas: Crónicas y romances
Estampas de mi tierra (Biografía y crónicas piedecuestanas)

Ernesto Camargo Martínez, gran periodista y famoso crítico de los piedracielistas de todos los tiempos, me ha dado pie para la evocación de algunos de mis paisanos que andaban por ahí medio olvidados y que también pulsaron la lira con el pretexto, muy humano por cierto, de anunciarse en sus oficios, inventos y profesiones.
Yo recuerdo que durante muchos años vivió en la calle real de mi villa, un anciano barbero que mientras no estaba peluqueando parroquianos, ocupaba sus ratos en la elaboración de cigarros, en el arreglo de sombreros de jipas o en la preparación de cosméticos para la conservación de la cabellera.
Un día cualquiera, amaneció colgante de la puerta de su casa, con letras de cartulina, un tablerito que decía:

Aquí se venden tabacos
y se le arregla la barba,
se le lava su sombrero
y se le cura la caspa.

Un viejo Navas, que todavía anda por ahí dándose su cuarta de tono, y cuyo negocio no era otro que el de alquilar bestias para la silla y para la carga, resolvió también, animado por aquel espíritu de imitación que tanto ha dominado a mis paisanos, fabricarse un anuncio cuyo texto era el siguiente:

Si piensa viajar a pie,
hágalo de madrugada;
pero si tiene con qué,
aquí hay bestias ensilladas.

En una tienda que había por allá en la esquina del atrio, donde se expendía el más sabroso masato de trigo y unas deliciosas empanadas rellenas con huevo y arroz, su propietaria, una distinguida matrona boyacense, que en su juventud había tenido sus hipos de poetiza, resolvió no quedarse atrás de tan ingeniosos competidores y un domingo por la mañana ante el asombro de todos los piedecuestanos que pasaban para misa, plantó en la puerta de su tienda una banderola azul con una tarjeta al fondo que decía:

Para conservar la vida
es necesario el masato;
con empanadas de yuca
que aquí se vende barato.

Debajo de la gran ceiba de la plaza, que subsistió hasta el año de 1914, y en un toldo donde se vendían llaves de segunda mano y toda clase de herramientas usadas, un veterano de la Guerra de los Mil Días, a quien los pozanos le habían amputado ambas piernas, cada vez que metía sus aguardientes con sus colegas de armas agarraba la guitarra y cantaba para distraer a la clientela:

La mejor trampa de alambre
se la hace Bautista Jones;
de riguroso contado,
pues fiada… no le caen ratones.

Y así por el estilo, muchos de esos piedecuestanos centenaristas a quien Dios tendrá muy seguramente de portaliras en los coros celestiales, hicieron progresar sus negocios valiéndose de la ingeniosa propaganda que tanto caló en la memoria de las gentes pueblerinas que aún a pesar de haber transcurrido más de tres cuartos de siglo, hay todavía quién recuerda aquel anuncio que decía:

En la tienda de Isidoro,
hay para Semana Santa,
sandalias y agua florida
y una mistela que encanta.

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