El Camino Real sigue siendo real

Dic 15, 2005 | Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes

Por Gilberto Camargo Amorocho
buenhom@yahoo.com
Especial para 15
Resulta curioso pensar en rendir un homenaje y tratar de sacar de estados moribundos a objetos, cosas materiales, concretas, aparentemente inertes. Pero si retomamos la frase de Georg Von Lengerke -aquella que rescató Pedro Gómez Valderrama en La otra raya del tigre, que dice: “Me desazona tener que romper los caminos de los españoles… No sé por qué, pero me parece que estoy cortando un ser vivo, un deposito de recuerdos de todas las gentes que lo transitaron”- la intención de conservar los caminos de piedra se inserta con fuerza en la identidad santandereana.

El camino real del oriente colombiano se integra siguiendo la ruta Santa Fe de Bogotá, Tunja, Bucaramanga, Pamplona y Cúcuta, con ramales hacia Cartagena de Indias y Venezuela.

Este camino integra un pueblo con diversos elementos raciales que forman los diversos grupos humanos: el Amerindio, el español que penetró en los siglos XVI, XVII y XVIII, y grupos de negros africanos que llegaron en la esclavitud para los trabajos de haciendas, las minas de oro, el transporte y el servicio doméstico. En Bucaramanga es famoso un lugar en la orilla del Río de Oro cerca de Girón llamado El Palenque, que quiere decir en lengua ancestral ‘lugar de negros’.

Como baluarte de esa red tenemos para mostrar el camino de piedra que une a Los Santos con Jordán-Sube. A éste se le unen otros 44 tramos dentro del departamento, algunos en tierra, otros carreteables, buscando darle importancia a esa autopista por donde hace 80 años entró el desarrollo y por donde también salió la imagen regional santandereana que hoy tanto se reconoce.

Por ellos camina la historia

Nuestros caminos de piedra fueron en la época Prehispánica y luego en la Republicana la única gran vía para comunicar a Santander con el centro, sobre todo con la Provincia de Soto, con el sector que antiguamente se llamaba el Cantón de Girón y del cual hoy hace parte Bucaramanga.

Del conjunto de caminos inventariados por Rastros hoy se conservan empedrados el 25%; del resto quedan atajos y trochas.

Parte de ellos pueden conservarse. Esa es la propuesta de Rastros, apoyada en una exhaustiva investigación que incluye la reunión de documentación histórica de la construcción de caminos y puentes colgantes, y la posible reconstrucción de la gran mayoría.

Los caminantes Rastros llevábamos casi 13 años haciendo el inventario de caminos, muchos de los cuales no han sido recorridos por problemas de orden público, aunque se sabe que están íntegros como el que atraviesa el río Opón, llega a Santa Helena y asciende a Guacamayo, haciendo parte de la ruta descubierta por Gonzalo Jiménez de Quesada.

En una gran longitud, mantienen sus diseños originales en cuanto a forma y colocación de la piedra, el manejo de las pendientes, encuentros entre tramos y técnicas de cambios de nivel. Algunos demuestran gran sostenibilidad en el manejo de taludes porque las correntías de agua lluvia a través del diseño de bateas fueron siempre planeadas y prioritarias en las obras. Vestigios de tecnologías tanto indígena como alemana aún sobresalen en muchos tramos.

Hoy, por ellos transitan en promedio, durante los 52 domingos del año, unas 120.000 personas, entre grupos de caminantes, turismo, estudiantes, arrieros y campesinos. Cifra significativa que sustenta más esta propuesta de conservación y defensa.

Parte de la propuesta también busca comprobar que estos caminos de piedra tienen una ingeniería y una matemática. Uno como investigador encuentra detalle de manejo de ángulos, de inclinación, de alzados de puentes, lo que hace pensar que no fue cualquiera quien los diseñó.

Siete siglos de antigüedad

Uno de los caminos más antiguos es el del comercio de los Guanes. Antropólogos e investigadores han encontrado rezagos de presencia de rutas camineras con antigüedad superior a 700 años antes de la llegada de los españoles. Geográficamente se ubican hoy en la región de San Gil que comunica con Charalá y Duitama. Los primeros moldes para hacerlos fueron las plantas de los pies de los indígenas. Germán Arciniegas, en el libro Los Caminos Reales de Colombia, afirma: “La única manera de darle alguna seguridad a la bestia de carga era con una piedra de apoyo. Por eso hay tramos en que el camino se convierte en escalera. Como si se tratara del ingreso a un palacio”.

Aquí los diseños y obras de dichas sendas sufren un valor agregado cuando el español decide decorarlos, mejorarlos, para darle una mejor tonalidad y mejorar su dinámica.

En Santander es interesante ver como estas rutas fueron impuestas para unir poblados, que en general seguían la ruta del correo. Está el caso de Bogotá y el camino que salía hacia Zipaquirá por el Puente del Común y unía a Ubaté, salía hacia Chiquinquirá y por Puente Nacional llegaba a Vélez.

Estos largos corredores establecieron los pueblos de media jornada o refrigerio, donde sólo se descansaba, y los pueblos de jornada completa o dormitorio donde se terminaba el día y se pasaba la noche: por ejemplo, está el camino del Socorro (dormitorio) que va al Hato o al Palmar (refrigerio) y llega a Galán (dormitorio). Esta organización se repite a lo largo del camino. El tamaño de los municipios influía mucho en las tendencias que en esa época generaba el forastero, el correo y cada una de estas rutas.

Lo mismo pasaba en la ruta de Girón a Socorro que iba por Piedecuesta, la Mesa de los Santos, Sube, Villanueva, Guane, Cabrera y finalmente la capital comunera. Lengerke decía que esta región había que comunicarla con el río, que estaba cerrada pero que tenía dos puntos de salida claves como lo eran los ríos Lebrija y Sogamoso. Entonces hizo caminos de Girón al Sogamoso y de Girón al Lebrija. Por eso existió el camino de Motoso al Puerto de Santa Marta, porque hasta allí era la parte navegable del río Sogamoso, donde bajaban las chalupas, las lanchas y llegaban las mulas.

Muchas de esas posadas aún pueden verse. Cuando uno va de los Santos por el camino de Sube, encuentra una gran casa hermosa con sus respectivos pasadizos donde se bajaban las cargas y con las pesebreras para las bestias. Hoy estas haciendas continúan habitadas por familias y cuando se atraviesa el río, en el otro ascenso vuelven y se encuentra más con características similares.

Para antes del olvido

La historia de los caminos reales traza la senda por donde se ha venido haciendo la sociedad, la economía y el espíritu de la nación, pero también es la historia de la disolución y la transformación de otras maneras de convivir. Esta es hoy nuestra realidad.

Este trabajo va dedicado a todos los santandereanos y colombianos, pero en especial a los alcaldes y gobernadores, con el fin de mostrar una razón y pretexto de la importancia de los caminos que aún componen su territorialidad, tal como dice en algunos apartes Jorge Orlando Melo en el prólogo del libro Los Caminos Reales de Colombia:
“Ojalá sirva para impulsar un mejor conocimiento de los caminos que ayudaron a constituir el espacio de Colombia (…) Ojalá sirva para que los colombianos de hoy descubran la importancia de conservar e incluso recuperar lo que queda de esta red, antes de que pierda por completo su carácter publico y se borren del horizonte mental de los colombianos. Como ya ha empezado a ocurrir, el paseo al campo, la cabalgata lejos de los automóviles y sobre todo el viaje a pie, del que nos dejó un último testimonio literario Fernando González”.

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