El mercado, oportunidad y amenaza de la educación superior

Ago 28, 2006 | Institucional

Por Ricardo Jaramillo P.
El filósofo y doctor en Educación, Alipio Casali, un brasileño que estuvo la semana pasada en la Universidad en el marco del seminario internacional “Perspectivas y retos de la educación en el siglo XXI”, afirmó que en el mundo la educación superior tiene un aliado poderoso para progresar: el mercado, pero también afirmó que mal utilizado puede convertirse en su peor amenaza

Casali fue uno de los invitados al Seminario organizado por la Facultad de Educación que se realizó entre jueves y viernes en el Auditorio Mayor del Campus Central y que tenía como propósito principal crear un espacio académico en el que los profesores pudieran reconocer las nuevas tendencias educativas y proponer alternativas de transformación para mejorar la calidad del sistema educativo.

Durante cerca de dos horas, Casali expuso las principales perspectivas de la educación superior y sobre este tema, también dialogó con Vivir la UNAB.

¿Cuáles son los principales retos y perspectivas de la educación superior en el siglo XXI?
Durante su historia, la educación superior tuvo tres grandes gestores que a la vez fueron sus grandes amenazas: la Iglesia, en los siglos XII y XIII; el Estado, especialmente en el siglo XX y  el mercado, que se ha presentado como una gran oportunidad de desarrollo para las instituciones universitarias, pero también las amenaza en el sentido de contaminar, alterar su sentido propio, no para aniquilarla, pero sí para cambiar su esencia, su importancia.

Hoy, la incidencia de la Iglesia o la religión, no es hegemónica; igual sucede con el Estado, pues las políticas globales neoliberales lo han distanciado de sus responsabilidades para caer en una ‘desobligación’ con respecto al desarrollo de las universidades y en cuanto al mercado, las instituciones privadas están hoy como los sujetos más importantes del futuro de la universidad, ésas son grandes oportunidades, porque muchos grupos económicos han construido nuevos espacios, por lo tanto aumentan las vacantes, pero al mismo tiempo es una amenaza porque qué sentido se le da a la formación universitaria en esta hegemonía del mercado.

Así que el mercado es la gran oportunidad y la gran amenaza de ahora y del futuro, porque todo indica que esta tendencia de la universidad regida por medios privados se impone, pero puede ser regida por particulares mas no destinada a intereses particulares.

¿Las tendencias mundiales de la educación superior apuntan a acabar las carreras tradicionales como las conocemos hoy?
Exacto. Hay una historia de formalización, una ‘fetichización’ del perfil profesional que ha sido pensado por abstracto y no por necesidades concretas. Es necesario invertir esa lógica y pensar en qué tipo de profesional necesitan las comunidades para formarlo. La universidad debe tener un compromiso con las demandas locales, una de las realizaciones de la vocación local de la universidad es responder concreta y positivamente a esas necesidades.

Con estos antecedentes, ¿cómo está la educación en Latinoamérica en comparación con Europa o Norte América?
No está peor, está un poco lo mismo. En Europa tampoco se logra romper esta formalización en los procesos de formación profesional, es una idealización, si bien hay experiencias no son aún dominantes, aún hay mucho por hacer respecto a eso.

¿Y qué se debe hacer?
Restablecer vínculos orgánicos de las universidades con las comunidades o sociedades; conocer su propia comunidad, su entorno y después organizar su currículo de acuerdo con las necesidades locales para que pueda atenderlas. Es necesario una reforma curricular en toda la universidad para que produzca formación profesional, investigación, proyectos de extensión y servicios que sean correspondientes tanto a las demandas locales, como a los deberes universales y realizar un equilibrio entre estas dos dinámicas.

¿Qué papel juegan el profesor y el alumno en el proceso de reformulación de la educación superior?
Hay identidades, papeles y responsabilidades distintas. No se trata de decir que alumno y profesor son lo mismo, porque no lo son y si no hay diferencia no se puede establecer educación. El profesor debe ser un ‘más’: conocer más, tener más experiencia, conocimiento, perspectiva. Una vez puesta esta condición debe tratarse de construir proyectos comunes, porque nos encontramos con dos extremos: el autoritario en el que hay tanta distancia pedagógica, cultural y personal entre profesores y alumnos que no se comunican y en el lado opuesto, está el pensar que alumno y profesor son iguales y el segundo no prepara nada, no tiene nada que añadir. Es necesario quebrar eso, los profesores deben estar más cerca de los estudiantes, y se deben construir proyectos de participación más horizontales.

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