Expectativas y frustraciones de la Constitución del 91

Ago 22, 2006 | Institucional

Por Pastor Virviescas Gómez
La Constitución Nacional promulgada en 1991 cojea, pero va por el sendero adecuado. Así lo manifiesta Antonio Barreto Rozo, un joven investigador de la Universidad de los Andes (Bogotá), con maestría en Filosofía de la Universidad Nacional y doctorado en Derecho Constitucional de la Universidad de Yale, quien estuvo como expositor en el Seminario “El papel de la Constitución en la sociedad colombiana”, realizado en la UNAB el 10 y 11 de agosto.

Cuando se firmó la Constitución del 91, buena parte de los ciudadanos creyeron que a pesar de las disputas e intereses se había logrado llegar a unas reglas próximas a la perfección. ¿Por qué 15 años después la quieren cambiar?
Cuando se crea una nueva Constitución hay una cierta esperanza y fogosidad de esos momentos iniciales que son propios de los seres humanos. Uno construye algo nuevo y cree en él, y con el paso del tiempo, dependiendo del funcionamiento que tenga, uno puede alejarse de esos momentos vigorosos iniciales. Lo que en parte había en la Constitución del 91 era dejar atrás un régimen que había mostrado problemas y que se asociaba con ideas que se querían dejar como por ejemplo, un régimen extendido de Estado de Sitio o una democracia cerrada como el Frente Nacional. Pero también había mucho de esperanza idealista y algún de ingenuidad en creer que habíamos llegado a un consenso inmediato, cuando no era así. Los hechos son aterradoramente contrarios a esa percepción. Ni más ni menos estaba por fuera de la mesa de negociación la principal guerrilla, las Farc, y también los paramilitares, que en ese momento no eran muy conocidos aunque ya funcionaban.

Esa es la dinámica de este país: un idealismo de llegar a un consenso y hechos que van en contravía. Expectativas y esperanzas, hechos positivos, pero también muchas veces frustrantes.

¿La Constitución es una camisa que uno puede tirar cuando ya no le guste o no esté de moda?
Para nada. La Constitución del 91 es un proyecto interesante con todos sus vacíos y grandes incoherencias, que vale la pena seguir siendo materializado. Tiene de todas maneras cosas muy positivas como la protección de los derechos fundamentales, una separación de poderes, la intención de descentralizar entidades territoriales. Vamos cojeando, algunas veces de una manera mucho más fuerte que en otras, pero yo creo que este es el camino.

Se ha dicho que el presidente Álvaro Uribe le encargó la misión al magistrado Nilson Pinilla de enterrar la Tutela. ¿Es hora de hacerlo?
La Tutela no se puede ‘matar’ por una sola persona ni por la gestión de un solo presidente. La Tutela cumple con las expectativas de varios colombianos. Paradójicamente es un organismo constitucional, no directamente legitimado por la democracia, pero es quizás uno de los instrumentos más visibles en la población. Si se le pregunta a un ciudadano del común va a tender a ver la Tutela como algo que le favorece y eso lo saben el presidente y el magistrado Pinilla.

Se dice que la Tutela causa congestión y es cierto, pero también hay otros factores de congestión. Que implica un gasto bastante costoso en materia de derechos sociales. Que la Tutela en contra de sentencias judiciales también pone en entredicho la cosa juzgada. Son problemas importantes que hay que racionalizar y a los cuales encontrarles alternativas, pero no porque existan se debe acabar la Tutela. Si a uno se le va la luz en la casa, uno no tumba la casa.

¿En su criterio cuáles son los tres principales aciertos de la Constitución del 91?
Abrir el espacio para la discusión y protección de derechos fundamentales. Crear e incentivar una sociedad más diversa, en donde se oigan otras voces y no siempre las centrales. Y abrir la opción para que haya una separación de poderes pero con incentivos institucionales que en la práctica sí los separe. El caso concreto de los organismos de control como la Contraloría y la Procuraduría, que antes los nombraba el presidente; ahora son nombrados por el Congreso y hay más tamices, y aunque siguen siendo nombrados políticamente la manija no la tiene directamente el presidente.

¿Tres desaciertos de Serpa, Lleras, Navarro, Gómez Hurtado y los demás constituyentes?
La manera como fueron organizados los regímenes de partidos y el de elecciones, de hecho mantuvieron el cuociente electoral. La mayor reforma que ha tenido la Constitución, aparte de la reelección, ha sido la política. En el 91 se equivocaron porque no pensaron en bancadas, en poner un umbral mínimo o en un sistema de conteo de votos diferente al cuociente electoral. Tocó hacer ajustes porque nunca se ha visto partidos verdaderamente vigorosos, en el sentido de que representen los intereses difusos de los ciudadanos.

Otro punto donde la Constitución tiene una deuda grande con los colombianos es el de las transferencias territoriales, porque ha sido un problema para el Estado el gasto de tantos recursos hacia entidades territoriales, por lo cual en 2001 hubo que recortar ese gasto ya que estaba creando un gran déficit en el fisco nacional. Pero si no se hace ese gasto no se crea una verdadera autonomía, porque para ser autónomo se necesitan recursos. Seguimos en el viejo esquema planteado por (Rafael) Núñez: centralización política-descentralización administrativa, y ahí no hemos avanzado nada.

El tercero es que aún no tenemos municipios vigorosos. Aún suenan muy extrañas propuestas como la del alcalde (Luis Eduardo) Garzón en Bogotá, de que las localidades se manejen como entidades autónomas con recursos y funcionarios propios. Él decía que Ciudad Bolívar tiene unos 70 funcionarios para atender una población que supera los dos millones, mientras que en Bucaramanga hay más de 600 funcionarios para una población inferior.

¿El “choque de trenes” constante a qué obedece? ¿Cada quién interpreta la Constitución a su conveniencia?
Porque ahora se está vigorizando la democracia, un sistema en el que las voces e intereses son diversos. Allí hay más posibilidades para que se den choques. En la Constitución del 86 esos “choques” eran invisibilizados, no era que no existieran. Quizás en el Frente Nacional invisibilizados por una supraestructura en la que no había capacidad de disenso, mientras que ahora los hay más.

Esto no quiere decir que los “choques de trenes” sean buenos. Son parte de una democracia pero depende cómo se les maneje, se les afronte y cómo se salga de ellos. Hay salidas que pueden ser nocivas para la misma democracia, mientras que hay otras que pueden seguir manteniendo ese nivel de la democracia. En Rusia la manera como solucionaron los fallos que eran bastante activistas de la Corte Constitucional, fue cerrándola. Esa no es una salida buena para la democracia ni para la protección de los derechos de las personas. Hay otras muchas salidas con las cuales uno puede arreglar esos “choques”. Siempre han existido, lo que cuenta es la madurez con la que se afronten.

Una manera pésima de solucionarlos sería eliminando la Corte Suprema de Justicia o volviendo otra vez la Corte Constitucional una Sala de la Corte Suprema.

¿Por qué la Constitución del 91 genera tantos amores y tantos odios?
Hay razones de filosofía política, de tipo político y jurídicas. Hay funcionarios públicos que tienen una lógica diferente entre ellos. Un funcionario de la Corte Constitucional no piensa de la misma manera como alguien que fue elegido democráticamente como el Presidente de la República o los legisladores. Eso se explica en la filosofía política, remontándose hasta Rousseau, donde uno ve que hay funcionarios públicos que piensan de una manera democrática y que están más legitimados desde un punto de vista democrático, pero hay otros que tienen otro tipo de legitimidad. ¿Cuál en el caso de la Corte? La Constitución.

Desde lo jurídico, hemos tocado el tema de formalismo y antiformalismo, y esa es otra fuente de amores y odios de la visión de la Constitución. A primer vistazo se dice que los del régimen de la Constitución de 1886 son formalistas, mientras que los de la Constitución del 91 son antiformalistas. Puesto así el debate está errado. Y también lo está si uno lo pone como una batalla entre instituciones, como por ejemplo decir livianamente que la Corte Suprema son formalistas y la Corte Constitucional son antiformalistas.

Formalistas y antiformalistas no son las instituciones, tampoco lo es un régimen en comparación con otro; son personas concretas e incluso en momentos diferentes. Uno puede ser formalista un día de acuerdo con una decisión que tomó, y al otro día ser antiformalista de acuerdo con otra decisión. Porque ser formalista es privilegiar los hechos pasados expuestos en normas. Si uno se pega a esas normas y no tiene conciencia del contexto presente, pues uno va a ser formalista; pero si uno tiene en cuenta el contexto presente, incluso si eso implica violación a esas normas previas, uno va a tender a ser antiformalista. Pero eso ocurre diariamente no solo con los magistrados, sino cuando la mamá le dice vaya y compre el pan. Si era una tradición que yo iba a tal esquina pero de pronto aparece una panadería que huele más rico y que es más barata, ahí uno también está ante un dilema de formalismo-antiformalismo. Estas son conductas particulares en momentos y contextos particulares.

¿En Colombia hay “democracia”?
Esta es una pregunta de alto turmequé en Ciencia Política. Colombia es una democracia pero frágil, no robusta, sin embargo es una democracia, con todos los inconvenientes o con todos los puntos favorables que ello tenga. Frágil por nuestra historia, por la manera difícil como se ha implementado esta Constitución, porque no tenemos partidos políticos vigorosos, porque aún no tenemos ciudadanos realmente participativos y que puedan impactar las decisiones en donde se toman. Pero sí se puede citar las cifras tradicionales de que en el contexto latinoamericano Colombia es la democracia más extensa. Desde las elecciones también y desde otros procesos exitosos de participación de los ciudadanos como por ejemplo la reducción de las tarifas del agua en Bogotá, debido en parte a la injerencia que tuvo la sociedad civil. O la forma en que el pueblo le respondió a Uribe en el Referendo.

Y es débil si se tiene en cuenta el poder de los medios de comunicación, que están concentrados en unas pocas manos, y no son diversos, lo cual va en contravía de la pretensión de diversidad de la Constitución.

¿Cómo será recordada la Constitución del 91?
Depende en gran parte del conflicto armado y de la dinámica con la que se termine tratando el tema del narcotráfico. Es posible que si el conflicto se sale de las manos, sea vista como una Constitución reprochable. Lo mismo si ocurre lo propio con el narcotráfico. Pero si esta Constitución logra confinar y darle vía a los dos problemas, será una Constitución inolvidable. Yo quisiera ver ese día en donde uno pueda decir que no hay conflicto armado y logramos algunos ajustes institucionales, para luego pasar la página.

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