Miles de Pastoras claman la verdad

Oct 6, 2008 | Institucional

Por Pastor Virviescas Gómez

Sergio Caramagna habla con convicción. Estuvo en Nicaragua en la época de los sandinistas, los ¿contras¿ y los ¿recontras¿, y desde hace cinco es el jefe de la Misión de Apoyo al Proceso de Paz en Colombia de la OEA.

En este tiempo ha aguantado críticas y sobrevivido a la andanada de quienes incluso pedían que se largara del país desde aquellos días en que empezaron las masivas desmovilizaciones de 31.000 paramilitares. Pero aún en la crisis, Caramagna ha conservado la compostura, que se mezcla con un lenguaje diplomático porque tiene claro que los acaloramientos no contribuyen a sacar adelante procesos de este tipo.

De bluyin y con miles de millas acumuladas en todos los viajes en helicóptero, lancha, caballo y a pie que ha realizado al Catatumbo y Córdoba, Meta y Caquetá, Caramagna insistió en que el futuro de Colombia depende exclusivamente de sus habitantes y que lo que su equipo de trabajo hace es un simple acompañamiento.

Junto al director de la Comisión Nacional de Reconciliación y Reparación (CNRR), Eduardo Pizarro Leongómez, Caramagna visitó la UNAB el pasado 12 de septiembre, atendiendo una invitación de la Facultad de Derecho y el Centro de Estudios Latinoamericanos.

Venía a hablar de verdad, justicia y reparación, pero en lugar de desarrollar un largo y aburrido discurso, lo que hizo fue  relatar una historia que conmovió a gran parte de los asistentes al Auditorio Mayor ¿Carlos Gómez Albarracín¿ y luego los puso a reflexionar.

Ubicó en el pueblo de San Carlos -cuatro horas distante de Medellín-, a Pastora Mira García, una campesina antioqueña hija de la violencia de los paramilitares, de la violencia de las Farc, de la violencia del ELN y de la violencia bipartidista de los años 50, desatada tras el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán.

Su padre fue asesinado delante de ella y del resto de la familia cuando era pequeña. Pastora tiene dos hijos y un sobrino desaparecidos. Ella sabe quiénes son los responsables de esos hechos y los causantes de ese dolor infinito que embarga su corazón.

Cuando se produjo la desmovilización de los ¿paras¿, 41 de sus integrantes retornaron a San Carlos. Pastora encontró un día, sin conocimiento, a unos de esos jóvenes tirado a la vera del camino, víctima de una golpiza.

Lo recogió y lo llevó a su casa sabiendo que era de un grupo paramilitar. Lo asistió y cuándo éste recobró la conciencia y vio qué fotografía había en la pared, desesperadamente preguntó dónde estaba y por qué razón. Admitió que a ese muchacho de la foto lo habían asesinado los paramilitares y le preguntó a Pastora qué pretendía llevándolo a esa habitación.

Ella, sin poder contener las lágrimas, se le acercó y le dijo: ¿sabe lo que pasa: ¡hay que cerrar el círculo!, ¡hay que terminar con esto!¿.

Y ese desmovilizado, para abreviar el recuento, trabaja hoy día junto a Pastora en una organización no gubernamental del sureste antioqueño vinculada a la verdad, a la justicia y a la reparación.

Antes de que las instituciones o las organizaciones internacionales que han enarbolado estos tres valores fundamentales llegaran a San Carlos, Pastora -por su propia creatividad- hizo ejercicios entre desmovilizados y población repartiendo pequeños mapas. Pidió que anónimamente en esas hojas se marcara con una cruz los lugares donde podían estar enterradas personas y fosas comunes.

Hoy San Carlos es un lugar que de acuerdo a la cantidad de población tiene el mayor porcentaje de fosas comunes y de investigaciones por parte de la Fiscalía y las demás instituciones involucradas.

Pastora mediante una lucha inclaudicable, dice un conmovido Caramagna, logró encontrar los restos de su hija de 20 años. Todavía resta su identificación plena mediante las pruebas de ADN pero ella tiene la certeza de que es su hija. Falta la aparición de su hijo y de su sobrino, pero Pastora no afloja en la lucha cotidiana.

A Pastora no la asesoró nadie. Lo hizo de corazón de mujer colombiana, por la voluntad de encontrar la verdad y la reparación.

Entonces, después de unos segundos en los que el silencio se adueñó del Auditorio, Caramagna indagó si alguno de los asistentes ha tenido la oportunidad de estar en una exhumación y saber lo que eso significa en términos de verdad y de reparación para una víctima.

¿Es inconmensurable -advirtió-. Así que no teoricemos demasiado sobre lo que significa la verdad y la reparación. Preguntémosles a las víctimas qué significan para ellas esos conceptos. No sea que hablemos demasiado sobre las víctimas y cometamos el error de no preguntarles qué es lo que piensan, qué es lo que quieren, qué se imaginan de la forma de construir la verdad, la reparación y la justicia¿.

Luego abrió los ojos a estudiantes y profesores sobre la oportunidad que se presenta en Colombia con el proceso de Justicia y Paz. Coincidió entonces con Pizarro Leongómez -ver edición 284 de Vivir la UNAB–  al señalar que las víctimas en los conflictos de Nicaragua, El Salvador y Guatemala no se visibilizaron, nadie reconoció sus derechos, nunca constituyeron un sujeto en el proceso de construcción de la paz.

Reprochó que en la década de los 90 no existiera una agenda para las miles y miles de personas que sufrieron en carne propia la violencia. Menos aún de sus derechos y de conocer la verdad.

Procesos aquellos, dijo, que sólo se abrieron a la posibilidad de desmovilización y desarme mediante el pacto de impunidad. En Centroamérica, subrayó el delegado de la OEA, ¿las leyes de perdón y de olvido cancelaron el pasado y por esa vía esos pueblos, con guerras civiles y un desangre interno impresionante, abrieron la posibilidad de la paz, pero el costo fue inmenso¿.

Dando un salto en los años y en la geografía, Caramagna se trasladó a las desmovilizaciones de los paramilitares en Colombia hace cinco años, por las que mucha gente -con razón o sin ella- no apostaba un centavo y, aseveró, ¿no hubo acompañamiento de la comunidad internacional porque pensaban que apoyar el proceso de desmovilización de los paramilitares era venir a convalidar sus crímenes, a ponerle un sello a la impunidad y legitimar algo que era imposible de legitimar¿.

Entonces, señaló, ¿si encontramos a Pastora Mira García no es que descubrimos una aguja en un pajar, o a una mujer excepcional y única. En estos cincos años de recorrer el país hemos visto miles de Pastoras, mujeres heroicas que anónimamente alientan la posibilidad cotidiana de saber la verdad, de encontrar los restos de sus seres queridos y de pensar que no haya impunidad¿.

El problema, enfatizó, es que ¿no sabemos que están ahí, no las reconocemos, no las hemos identificado y ni siquiera hemos valorado sus posibles testimonios¿. Falencia que no es de las víctimas, sino de las instituciones locales y de la propia comunidad internacional que ahora comienza a tomar responsabilidades en esos temas.

¿No vinimos a Colombia a desmovilizar asesinos, narcotraficantes y criminales, sino a apoyar los esfuerzos que sean posibles para debilitar una ilegalidad poderosísima, que había tomado la vida de miles de colombianos, que había permeado instituciones, que ha manejado economías regionales y razones culturales, proyectándose de una manera enormemente peligrosa para la institucionalidad y para la propia democracia¿, sostuvo.

Por eso, puntualizó, ¿nadie tiene que imaginarse que una desmovilización y un desarme puedan constituir la finalización de un proceso. Con ello apenas empieza otro, se inician desafíos, se construyen agendas, porque las dimensiones territoriales de las comunidades afectadas por la violencia, no se avizoraban hace cinco años, ni siquiera se tenían en consideración¿.

Hoy, de acuerdo con la CNRR, más de 170.000 colombianos y colombianas se reconocen como víctimas y están de pie para reclamar sus derechos y para ayudar a construir la verdad. Un hecho sin precedentes en Latinoamérica.

Víctimas que deben ser acompañadas y escuchadas. ¿Respetar a una persona significa escucharla con humildad. Considerar lo que está diciendo y tomarlo en cuenta. Seguramente que por esa vía estaremos mucho más comprometidos en conocer lo que pasó en Colombia. La verdad no es un valor preestablecido en ningún proceso; es una construcción colectiva de los colombianos. ¿Hasta dónde va a llegar? Eso lo tienen que decir ustedes, con valentía y determinación¿, manifestó Caramagna.

El público reconoció que cinco años después se sabe más de lo que se conocía en esa época en que muchos colombianos simpatizaban y alentaban el fenómeno paramilitar que se salió de madre y superó los horrores cometidos por la guerrilla.

Panorama que llevó a Caramagna a recalcar que se debe valorar que un alto porcentaje de los responsables principales de crímenes de lesa humanidad están presos y que más de 3.000 sujetos están siendo sometidos a juicios, cifra mayor a los criminales juzgados en Kosovo, donde pasaron por los estrados 90 delincuentes, y a los 150 procesados en Nüremberg (Alemania) después de la Segunda Guerra Mundial.

Un reto enorme que lleva a Caramagna a preguntarse ¿hasta dónde llegaremos y hasta dónde alcanzará la voluntad de política? ¿Eso está en ustedes, en la determinación que ustedes tomen¿, afirmó.

¿¿Quién es el dueño de la verdad? La verdad de la violencia que se vivió en esas comunidades rurales la saben profundamente los perpetradores y las víctimas en esas noches oscuras donde a una casita llegaban esos grupos a golpear la puerta y cometer las masacres¿, dijo.

Y finalizó: ¿No carguemos en la mochila del dolor de las víctimas nuestras propias ansiedades y conceptos de lo que es verdad, justicia y reparación. Escuchemos y respetemos lo que ellos dicen y sienten. Ya no es el momento de seguir repitiendo como consigna que tiene que haber verdad, justicia y reparación; lo que tenemos que hacer es disponernos cotidianamente a construir esa verdad, a acompañar a las víctimas en la reparación y a tratar de hacer el mayor esfuerzo posible para que haya la impunidad menor en Colombia¿.

Ir al contenido