Un sembrador de progreso

Jun 25, 2007 | Institucional

Se nos quiebra la voz al utilizarla para repetir: Armando Puyana Puyana, ha muerto.

¿Cómo definir a este hombre, pleno de virtudes eximias, que se aparejó para traspasar las laderas de la muerte, de patriotismo implacable, poseedor en grado memorioso de recta ciudadanía?

Fue un gran ciudadano. Grande en sus ideas de progreso, en sus servicios altruistas, en su condición de constructor, no solo de media ciudad, esta Bucaramanga de sus entrañas, de la que nunca dejó de ser hijo y habitante meritorio, trabajador de su progreso y de la bienandanza de sus habitantes, y constructor de esta Universidad, desde sus primeros vagidos como Instituto elemental y de bachillerato, hasta los estudios superiores que hoy ostenta.

Constructor es igual a sembrador, de diversos granos prestos a germinar y florecer, de ideas que se propagan, de ejemplos que se difunden, de coraje para enfrentar la adversidad sabedor de que podemos huir de cualquier lugar, mas no de nosotros mismos. Como correspondía siempre a lo que él fue: un hombre de bien. Que creía en la bondad de los demás y se sorprendía, de las falencias en el orden humano cuando la bondad se hunde. Siendo, como era, un hombre de excepcional energía, de abundante coraje, tenía honda concepción de la justicia, como cuando de su pensamiento, y necesidades de ella dimos en la creación de una Facultad de Derecho. Con arraigada convicción, ¿solamente, nos decía, de la justicia dependerá la base de la existencia pacífica, pues de mayor violencia crece mayor injusticia¿.

Noble era su pensamiento educacional. Cuando lo invité a formar parte de nuestra obra educativa, me dio respuesta que no olvidaré y repito delante de ustedes por la nobleza de su inspiración: ¿Yo no tengo hijos, y me considero en obligación de ayudar a la educación de los hijos de los demás¿.

Innecesario divagar con él acerca de que necesitamos un pueblo culto, informado y patriota, para sacarlo de la ignorancia que lo redima de su libre crecimiento, que entre sus apetitos y su satisfacción no se interpone sino la policía, o el código penal. Esas eran sus ideas, ponderando la necesidad de que nuestra conciencia vuelva a ser firme, en esta etapa conturbadora cuando se ve en muchos lugares su laxitud complaciente.

Es que de la educación, del colegio, de la escuela, de la Universidad tiene que salir formado el nuevo ciudadano que requiere esta República, que es de leyes desde tiempos del General Santander, con la vieja armazón de hombres puros y viejos sentimientos. No es posible seguir a los deformadores de la democracia por el simple hecho de que tengan éxitos. Puyana rechazaba el oportunismo y sus oficiantes, que abandonan el rigor para aceptar la elasticidad pecaminosa. El presidente Virgilio Barco lo llamó para pedirle que asumiera la Gobernación de Santander, que declinó al punto, y pedídole yo la explicación de su actitud, me replicó: ¿No acepto porque tendría que entenderme políticamente con ciertas personas por ser mis copartidarios, pero de cuya probidad tengo dudas¿. Es que estamos delante del cadáver de un hombre íntegro, cuyo valor civil fue proverbial .

No podemos olvidar su virtuoso sentido de la amistad, la que es ¿ventana luminosa para los días prósperos o crueles¿, según el verso de Rafael Ortiz González. Mucho puedo decir yo de mi compañero en la brega de forjar esta casa de estudios, asistiendo a cada reunión durante medio siglo, él más que yo, dada mi ausencia en el servicio exterior de Colombia, primero en la ex Unión Soviética, más tarde en la República Popular de China, en la Asamblea General de las Naciones y en la República Oriental de Uruguay. Iniciativas, construcciones, endeudamientos, estudiantes favorecidos con su generoso contingente junto a su inolvidable esposa Helga Clausen, asistencia permanente en los problemas de suyo arduos de la empresa educativa, que nos hizo merecedores del título de Administradores de Empresas ¿Honoris Causa¿.

Simultáneamente en esta actividad necesariamente permanente, me honró siempre con su apoyo político en las tareas eleccionarias, que lo inducían a brindar su esfuerzo sin ambición personal. En ocasión que bien recuerdo, se reunió el directorio liberal del cual los dos hacíamos parte para elaborar una lista de concejales en víspera de una elección popular, cuando yo hube de proponerlo como candidato. Incontinenti levantó la mano para expresar su agradecimiento, y declinar la candidatura diciendo: ¿No puedo aceptar, estoy impedido porque soy urbanizador¿. Y pensar que ahora algunos se vinculan a la entidad edilicia precisamente para defender sus empresas de construcción.

Si es necesario que los hombres tengan ideas, no es menos que las ideas tengan hombres. Un escritor del siglo IX, anotó en su época que los hombres no son más que un montón de muertos que están vivos, engendrados por otros vivos que están muertos. Estamos honrando su memoria en este templo de libertad que él ayudó a crear en forma decisiva, que él ordenó construir, dirigió su estilo, lo rectificó y a cuya sombra disfrutó de la satisfacción de ver el fruto de su trabajo. Es destinado a la obra educativa, el más humano y humanizador de los oficios. Solo la condición de oficiantes en tal actividad nos da ocasión de formar dirigentes que siempre necesitará la región, la ciudad, la patria toda, porque nuestra riqueza está en la dimensión humana, antes que en el oro, el petróleo o el carbón.

Queda media ciudad hecha por él, bien delineada en lo urbanístico, en su calidad responsable, edificada por su empresa de trabajo de construcción. O la realización de Ruitoque Golf Country Club, que en reciente visita el expresidente López Michelsen denominó faraónica, merecedora de homenaje especial a su inspirador y realizador Puyana Puyana. No es del caso mencionar realizaciones no menos destacadas, porque él estuvo vinculado a todas las creaciones positivas de esta tierra nuestra: Prosantander, empresa ganadera, procesos de tabaco, Forjas de Colombia, centros comerciales, en febril osadía e inagotable destreza, y otras más.

Digamos que tan abundantes conversaciones con Armando, antes del vencimiento que le produjo la enfermedad, visible desde cuando vino el presidente Andrés Pastrana con el ministro de Salud Virgilio Galvis a imponernos a él y a mí la Cruz de Boyacá, nos dejan la convicción respecto de nuestra democracia, que antes de renunciar a su vigencia, nos impele a defenderla. El final del siglo que ha fenecido y el comienzo del nuevo a que asistimos, se caracterizan por rápidas transformaciones de gran profundidad, visibles en la vida social que nos trazan nuevas directrices que deben asumir las universidades.

Concretamente la formación de valores de alto nivel, dentro de la calidad y la eficiencia propias de la sociedad del conocimiento en la cual estamos inmersos. Es la sociedad que nos sitúa en su doble característica de cientificidad y humanismo, para aplicarlas a las actividades de la vida empresarial, delante de la globalización de la economía, la revolución científico-tecnológica que requiere la redefinición del Estado, desechando las ideas que no producen valores en medio de la rampante corrupción.

Es la necesidad de un humanismo auténtico para una sociedad fuerte, en mira de lograr la democracia siempre perfectible. Son las ideas que surgen de la vida académica tan cara a nuestro amigo desaparecido, para innovaciones de productividad inductiva de empleo, fuente de estabilidad y sosiego, de mano de la llamada modernidad, porque no ha de haber creación que no esté al servicio del ser. Recorre el mundo ahora un reacomodo de las fuerzas políticas, económicas y culturales. Es el nuevo reto que acerca a profesores y estudiantes en el siglo que comienza. Aquí, delante de los restos mortales de quien lo realizó en vida, digamos que a mayor trabajo, a mayor innovación, vendrán mayor producción, mejor bienestar y firme sosiego.

Con la muerte de Armando, nuestra generación se amengua, se agota, desfallece. Tuvo su región como campo de prueba. Salió victorioso en su lucha y en sus designios humanos.

Sufrió un día la persecución, los intentos de encarcelarlo por su reciedumbre democrática, y hablaba así porque sintió los atropellos de la dictadura. No hay cambio social sin cambio político, que debe ser obra y trabajo de los demócratas convencidos como lo era Armando.

La magia del recuerdo es ahora tan amarga si comparamos el dolor presente con nuestras pasadas alegrías. Ha pasado para Armando el momento cuando se suele sepultar el verdadero mérito bajo polvaredas de sarcasmo y envidia. Es la parábola de la existencia, que comienza en la juventud del alba y declina como el sol poniente.

Bien podemos aplicar el pensamiento del ruso Serguei Vikulov: ¿Es en sus obras donde el hombre vive, porque todo lo demás queda olvidado, como el polvo de ayer que ya no existe¿. Y ahora, llamemos a los Ángeles a que lo conduzcan al paraíso.

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