Vendedores buscan el pan diario en los buses

Dic 15, 2006 | Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes

Textos y fotos Julián Espinosa Rojas
jespinosa2@unab.edu.co
Aunque algunos pasajeros del bus suelen molestarse por la “pedidera de dinero” y por los ofrecimientos de diversos productos que los vendedores llevan al bus, a otros les agrada la idea porque estas personas “no están robando o vagando, sino que hacen un esfuerzo por obtener ingresos de la venta de diversos productos”, dijo una pasajera.

Otros cantan canciones de esperanza, despecho o alegría y hasta se acompañan con variados instrumentos musicales o con aparatosas grabadoras.
No obstante, esta labor que algunos cumplen día a día no deja de ser un problema social complejo.

De acuerdo con cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas, Dane, en septiembre pasado, el subempleo en Bucaramanga era del 28%, lo que significa que de cada 100 personas que trabajan, 28 lo hacen con métodos de rebusque para suplir algunas necesidades básicas.

Por ello, quienes se dedican a trasladar las ventas de las calles de la ciudad a los buses, piden atención del gobierno frente a esa situación que afrontan por trabajar en un oficio que cada día genera más inseguridad, como lo expresa Darly Yanneth García, una mujer que lleva dos años vendiendo dulces en los buses.

Del andén al vehículo
“No todas la personas tienen el mismo propósito en este negocio”, expone García. Para ella, “existe una gran diferencia entre vender y pedir, aunque a la gente le parezca igual. El que pide se le llama retacador. Sin embargo, es cierto lo que muchos piensan: el que retaca con mentiras gana más”.

Agrega que de las personas que piden en los buses, las que cuentan historias honestas son muy pocas: “de cien una y de mil ninguna. Inclusive, yo he caído en las mentiras de muchos al dar monedas cuando voy como pasajera”.

Ella aclara que no retaca, sino que vende un producto, porque piensa que de esa manera da a entender su realidad. “Soy una desempleada más y tengo una familia que sostener”, afirma.

Darly García entró al mundo de las ventas en los buses urbanos en 2004 por su hijo Carlos, que hoy tiene 19 años y se inició en este trabajo hace nueve. “La primera vez que me subí a un bus – cuenta Darly- sentí vergüenza, me dieron ganas de llorar, me tembló el cuerpo, tatareé para hablar. Pero es lo mismo que un estudiante al exponer un trabajo a sus compañeros, sólo que un estudiante busca una calificación, nosotros buscamos nuestra forma de subsistir”, comenta.
Su decisión al entrar a ese que llama negocio se dio porque estaba cansada de trabajar en la calle vendiendo ropa y verdura, “a veces siendo perseguida por los policías como una ladrona. Inclusive, tengo la cabeza rajada por correr de un lado a otro” señala.

Igualmente, afirma que no se siente cómoda trabajando en los buses. “Yo quiero dejarlo porque nunca me ha gustado esto, pero no puedo hacer más si no encuentro trabajo”, asevera García.

Dice que “este trabajo no significa pordebajearse, porque la mala fama es debida a que algunos marihuaneros y ladrones se hacen pasar por vendedores y así manchan nuestra imagen”.

¿Trabajo o humillación?
Orlando Ostos, un peruano de 42 años que trabaja vendiendo diversas mercancías en los buses y que ha recorrido países como Perú, Ecuador y Colombia, llegó a Bucaramanga hace unos meses.

Él afirma que: “el hombre debe despojarse de los prejuicios para poder ser grande. Entonces, no existe humillación en esta práctica, porque todo trabajo, por más insignificante que sea dignifica al ser humano. Pero muchas veces se tergiversan las cosas porque hay gente que no sube a vender en un bus, sino a pedir, a generar lástima y la gente se equivoca al no diferenciar entre el vendedor y el que va a dar lástima.”

Este hombre quien llegó a la ciudad ofreciendo productos naturales del Perú, dice que “subirse a un bus no es fácil, pero para que la gente compre el buen vendedor no tiene que mentir, hay que crearle la necesidad al cliente”.

Considera además que “las ventas dependen de la forma como uno trate a la gente y las personas retribuyen el trato y atienden a quien les explica claramente para qué se utilizan los productos. De eso depende el éxito en las ventas”, aclara él y comenta que en el día se pueden vender entre 10 mil y 20 mil pesos, aunque a veces no se hace “ni lo del diario”.

Viviendo del arte
Alex Pimar es un joven que ha dedicado dos de sus 18 años a tocar guitarra en los buses de la ciudad. Pimar afirma que existe una gran diferencia entre vender, pedir y brindar un espectáculo musical. Para él, siempre hay que ver la música como lo que es, un arte, llevado a lo que llama: “escenario rodante”.

Para Pimar, el transporte público se convierte en el ‘ensayadero’ porque “allí se vencen miedos, se aprende a manejar un público o se logra la destreza de no desconcentrarse al tocar una canción en un lugar donde la gente pasa al lado tuyo sin prestar atención y hasta te pisa”.

Reconoce que aunque algunas veces cuando sube a un bus “me miran mal o simplemente me ignoran es allí donde encuentro mi trabajo y lo que más busco es incentivar cultura en la gente, respeto y reconocimiento a un trabajo, así sea con un aplauso”.

“La gente no debería juzgar mal, cualquiera no es capaz de coger una guitarra, pararse frente a un escenario o mucho menos subirse a cantar en un bus. Mi propósito es que la gente deje de ver el arte como algo bajo sino algo bueno que nos hace olvidar los problemas del trabajo y el estudio” agrega Pimar.

Una pareja vestida con trajes de payasos llevan su espectáculo humorístico a los buses. Para ellos es importante que la gente ría y se alegre y por eso consideran su trabajo, no sólo un medio de subsistencia, sino hasta una terapia para ayudar a quienes tienen problemas.

Los llamativos colores de sus vestimentas y sus caras pintadas, además de sus cantos rompen la monotonía de un recorrido de bus a las horas de mayor congestión, especialmente en estas épocas de trancones por los trabajos para adecuar el Sistema Interconectado de Transporte, Metrolínea.

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